Tus pasos (Una carta en las huellas del tiempo)

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No recuerdo un tal vez. Pero puedo evocar a mi memoria las tardes soleadas junto a los felices niños que se balanceaban en el columpio. Puedo recordar esa tarde inocente con brisas de primavera en ese septiembre de pesares y pensares.

Tal vez pensarás que aquel día no significó nada para mí, pues te equivocas. Que más puedo decir. Los buenos momentos pasan imprevistos sin darnos cuenta; pero la mañana la esperamos juntos y abrazados.

Aquella tarde la puesta del sol fue sorprendente. Ver como el sol se despedía de nosotros, las nubes abrazadas como dos algodones blancos risueños de amor. Eso nos inspiró a simular un abrazo.

Y bien…

Ya apenas desde este largo viaje he pensado en ti. Me he tomado la libertad de instalarte en mi mente como penetra la aguja de una abeja en la piel. No hay sopesares, sólo pensaré en ti como los recuerdos que pasean por mi cabeza porque he estado a tu lado.

No recuerdo una probabilidad. Pero puedo asegurarte que desde que me fui lejos has sido la única que has poblado mi corazón. Un corazón que estaba lleno de esperanza, de tristeza, de amargura sólo por tenerte lejos.

Tengo que decirlo. Muchas veces te imagino a mi lado, mi compañera de viaje, mi compañera eterna. Siempre me pregunto cómo hice para irme lejano, no regresar y pasar el tiempo sólo pensando en ti.

He tomado la decisión de regresar.

Espero que no hayas cambiado; que te hayas mantenido siempre jóven; y que tus niños no hayan crecido. Qué bueno fue haber compartido con ellos. Si recuerdas que ellos me llamaban papá. Yo siempre los he querido como mis hijos. Y sin mencionar los viernes de pizza. Ellos siempre se mostraban plácidos cuando me veían llegar con la caja en las manos. Y luego, cuando ellos se retiraban a su camita, nos quedamos juntitos hablando de nosotros y el porvenir.

Una vez me dijiste que lo mejor que pasó en tu vida fue haberme conocido. Y que nunca, y digo nunca, quisieras que me desaparezca de tu mundo.

Ya ves lo que nos trajo el porvenir: Una mañana sin abrazos, una puesta del sol sin simular nada y una vida lejana.

Oh!

Cuantas cosas he querido compartir contigo. Repetir aquellos momentos elegantes en los mejores restaurantes de la zona colonial, los besos suaves que me dabas en las mejillas y tus ligeras historias de tus infames amigas.

Qué buenos tiempos que han pasado. Lástima que no vuelven, pero quedan en lo más profundo de nuestra consciencia.

Nunca me enviaste una carta. Nunca me llamaste. Antes de irme le dejé el teléfono a doña carola, porque no estabas.

Puedo suponer que te has preguntado por mí. Sé que fuiste donde Máximo; Rajuel, Emilio y el señor de la paletera frente a la avenida independencia al que siempre le compraba los cigarros que tanto te molestaba verme fumar. Te cuento que todavía no lo he dejado, pero lo intento; créeme, preciosa.

No te bastó en confundirme lo bastante para dejar que me fuera. Pero de todo modo te comprendí. Tengo mucho sin hablar con mis amigos y más con Máximo y Rajuel. Deben de pensar que soy un charlatán. Pues quizás tengan toda la razón.

Recuerdo en el día de tu cumpleaños que me pediste aquel regalo. Lo recuerdo como ahora. Una blusa de esas hippies que no pude comprarte porque no tenía un centavo. Aquí en Francia me va muy bien. Y quiero decirte que te compraré muchos cumpleaños a mi regreso. Sí, serán muchos cumpleaños.

Todo pasó de repente.

El tiempo no se detiene ni con un muro que le pongas. Cuando era niño el tiempo pasaba lento, lento… y al crecer me despejé de la noción de él; y desde entonces ha sido una amenaza para los momentos que quiero compartir contigo.

Sabes, preciosa, los templos aquí son muy fríos. No son como aquel templo al que nos llevaba a rastro doña Carola frente al colegio. ¿Recuerdas? Aquel colegio donde nos dimos el primer beso en frente a la iglesia. Ahí juramos ser amigos por siempre. Tal vez fuimos novio, pero nunca lo formalizamos. Bueno. Entendí por qué nunca nos casamos. Jonathan y Candy siempre lo mencionaban cuando comíamos pizza en la mesa frente al televisor. Le contestábamos que eso vendría. Para ellos fue como una promesa. Y me pregunto. ¿Acaso se te olvidó aquella promesa que hicimos frente a tus hijos? ¿Acaso todavía piensas en mí? Eso no lo sé. Pero tengo la plena confianza que, aunque no soy parte de ti, todavía me consideras tu amigo, tu gran amigo.

He llegado.

Te busco por todas partes y no te encuentro. En tu casa ya no vive nadie. Y al parecer doña Carola nunca está. Todos mis amigos se han casado, y ni el domicilio de nadie tengo.

Es increíble creer cómo pasa el tiempo. Ya han pasado diez años desde que me fuí. Para mí parecieron diez meses. Diez meses lleno de trabajo, ajetreo, oportunidad en un país que, al llegar, no sabía ni una palabra de aquel idioma tan enredado.

Al principio podía decir un Bonjour! Un Madame! Un Je suis  mi nombre! Pero ahora no me pasa ni el más catedrático de la lengua francesa. Quiero decirte que he cambiado. Pero soy el mismo de ayer. El que te daba cariño, el que te abrazaba, el que te escuchaba, el que hablaba con palabras dulces. Eso nada ha cambiado.

Ya tengo treinta y nueve años. Todavía no me he casado. No te voy a mentir. He tenido varios romances temporales, eso sí. Pero nunca mantener una relación en compromisos. Te dije que algún día yo iba a ser alguien grande. Pues no lo he sido. Nuestra grandeza siempre se manifiesta en la fama y el dinero. Sin embargo, he tenido éxito.

Y tengo que contarte muchas cosas. Pero esto quiero decírtelo en persona.

Antes decías que tengo que salir de ese fango de pensar en pequeñeces, sí. Pues ahora te digo que soy el vicepresidente de una empresa importante en Francia. Esto te pondrá feliz, lo sé. Cómo ver lograr cosas positivas de las personas que tuvieron a tu alrededor.

Ya ves. Este viaje no ha sido en vano. He prosperado económicamente y he podido subir las escalonatas de la sociedad. Qué bien. Todo para mí ha sido como un sueño. De esos sueños que te rehúsas a aceptar. Esos sueños que nunca quieres que se terminen. Y espero que no terminen jamás. Nunca me he dado por vencido.

Recuerdo que doña Carola siempre decía esta cita: ¨El alma del hombre nunca debe darse por vencida¨. Lo repetía muchas veces. Me he dado cuenta que mi alma es fuerte.

¿Qué será de tus hijos? Ya Jonathan debe ser un gran arquitecto. O Candy una hermosa modelo. No lo sé. Pero espero que hayan seguido sus deseos.

¿Qué ha sido de ti? Quizás sigas soltera. Prometiste nunca casarte. Aunque a veces revocamos nuestras promesas y traicionamos nuestros mas preciados deseos. Te digo que para mí ha sido más que una experiencia ir a Francia. Conocer nueva cultura, personas, estilo de vida. Allá el estilo de vida es caro. No es como aquí en Santo Domingo. Un refresco y una masita se resuelven con menos de diez pesos.

Sé que el costo de la vida ya ha de subir. Pero es más barata, créeme. No comemos el tradicional plato de la bandera dominicana. Ese arroz blanco y tierno que despide el humo de su frescura; las habichuelas rojas; y el pollo frito o guisado. Allá comemos pescado frito con papas acompañado de unas lonjas de lechugas.

Cuánto he extrañado la comida de mi patria.

Te digo que cuando llegué lo primero que exigí en el restaurante fue la bandera. Ah! Al visitar a mi familia no se rehusaron en prepararme mi salcocho.

Mi madre nunca supo de ti. Le pregunté, y me repuso que no llamaste a casa desde que me fuí. Debiste llamar. Así pudieras comunicarte conmigo. Sí! Eso me hubiera llenado de agradables sentimientos.

Al fin pude encontrarme con Emilio en una concurrida avenida por casualidad. No te imaginas cuán feliz se puso al verme. Intercambiamos anécdotas, recuerdos, y, lo mejor de todo, me habló de ti. Dijo que tenía mucho sin verte. La última vez que supo de ti fue cuando una bala te acarició.

Ya debes de saber cómo me puse. Pensé que te habías ido  al lugar donde los sueños nunca terminan. Sólo quedaste herida. Veo cuanto te quiere el de arriba. Desea que te quede en este mundo.

Le pregunté a Emilio qué ha sido de ti. Repuso que nadie ha sabido de ti desde que te mudaste. Él no me dijo dónde; no sabe hacia dónde te has mudado. Sé cuán reservada eres, y todavía conservas esa convicción, creo.

Siempre decías que éramos como si nos hubieran partido con el mismo cuchillo. Al parecer tu apreciación nunca fue cierta, porque siempre he sido una persona abierta, pero discreta.

Ya ves. Estoy en la ciudad buscándote. Detectando con mi olfato tu aroma de mujer para encontrarte donde quieras que estés. No me retractaré. Estaré aquí por largo tiempo. No sabes cuántas ansias tengo por verte, Angelina. Mientras tanto sigo tus pasos aunque tus huellas nos estén implantadas en el camino que me lleven hacia ti.

De todos modo, nuestros destinos quizás se tropiecen. Eso tengo toda certeza. Podrás esconderte. Podrás no querer verme. Pero de alguna manera el señor te puso aquí para encontrarte conmigo.

_Samil Daniel_

 

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